Por qué Frankenstein importa: Fronteras en Ciencia, Ética y Ambiente
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| Frankenstein por Bernie Wrightson |
La novela de Mary Shelley ha capturado la imaginación de los lectores por generaciones y ayudado de ejemplo para comprender la interconexión y los problemas contemporáneos asociados a las ciencias, la ética y la compasión. En un mundo en donde la ciencia avanza a pasos agigantados, leer Frankenstein puede ser una interesante manera de reflexionar sobre los límites de la ciencia, especialmente en temas relacionados a la inteligencia artificial, la ingeniería genética y la clonación.
Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley se publicó por primera vez en 1818 y hasta el día de hoy es una de las obras más influyentes de la literatura mundial, llegando a influenciar también al pensamiento científico y a convertirse en un mito moderno. Su valor literario, incluso después de 200 años desde su primera publicación, sobrepasa sus cualidades literarias, su trama y personajes, siendo una obra que ayuda a reflexionar sobre los límites éticos, sociales y científicos de los avances tecnológicos, y generar discusiones sobre las responsabilidades de los científicos a la hora de hacer ensayos.
En la obra, se nos presenta la historia de un científico llamado Víctor Frankenstein que hace caso omiso de la ética de la investigación, prefiriendo lograr sus objetivos sin pensar detenidamente en las consecuencias que podrían derivarse de dar vida a los muertos. En la actualidad que vivimos, en el que constantemente salen nuevos avances tecnológicos en áreas como la biomedicina, la inteligencia artificial o la ingeniería genética, por citar algunos ejemplos, empiezan a surgir debates sobre la importancia de reflexionar sobre las consecuencias éticas de algunos desarrollos científicos y la literatura puede ayudar como una herramienta para comprender algunos aspectos de la ciencia que, tal vez, de otra manera no saldrían de la esfera científica.
La literatura como herramienta didáctica en las ciencias
En los últimos dos siglos, los descubrimientos científicos y las innovaciones tecnológicas en las ciencias han mejorado enormemente la vida de las personas. Sin embargo, en la mayoría de los casos la educación de los futuros científicos no logra analizar las innumerables consecuencias de estos avances desde un punto de vista bioético. En parte, este fracaso se debe a la clasificación de éste como una rama de la filosofía moral, considerándose más dentro del área de las humanidades que parte de la ciencia y la tecnología, y en la gran mayoría de los casos las carreras científicas ignoran en gran medida las humanidades. La literatura, tal como lo analiza la autora Irene Cambra-Badii en su artículo para BMC Medical Ethics, puede ayudar a apreciar la complejidad de los escenarios biomédicos y potenciar el pensamiento reflexivo y la capacidad para analizar estas cuestiones que, de otra forma, tal vez ni siquiera llegarían a debatirse.
Frankenstein, de Mary Shelley, suele clasificarse dentro del género de la ciencia ficción porque aporta una visión crítica del futuro producido por los avances tecno-científicos, aunque también podría encajar en el género de la "ficción sobre la ciencia", ya que los hechos científicos se incorporan en las narrativas ficticias para investigar dilemas éticos que de otro modo podrían ser difíciles de abordar. Esta obra, al igual que Fausto de Goethe, Jurassic Park de Michael Crichton y Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, muestran tramas y personajes que nos ayudan a reflexionar sobre los límites del comportamiento humano, sobre qué está y no está permitido en los ensayos científicos, y sobre si esos límites bioéticos no se pueden quitar porque el área todavía no está lo suficientemente desarrollada o nunca deberían ser eliminados.
También, Frankenstein es una buena herramienta para examinar el estereotipo del "Científico Loco". Este estereotipo llama la atención sobre los riesgos asociados con la investigación no supervisada, y puede arrojar luz sobre la evolución de la percepción de la ciencia y los científicos por parte de la sociedad. Curiosamente, como Nagy et. al. señala, en ningún momento de la novela se menciona la palabra científico, porque cuando la novela se escribió simplemente ese término no existía. Sin embargo, Víctor Frankenstein actúa como un científico, experimentando para obtener nuevos conocimientos. Así, a pesar de la falta de referencias a la profesión científica, Frankenstein ilustra el poder que conlleva el conocimiento (científico) y ésta es una de las "lecciones" que otros autores le han atribuido a la novela. Como dice el propio protagonista de la novela:
"Aprended de mí, sino con mis preceptos, al menos con mi ejemplo, cuán peligrosa es la adquisición del conocimiento, y cuánto más feliz es el hombre que cree que su pueblo natal es el mundo, que el que aspira a ser más grande de los que su naturaleza le permite."
El trabajo de Shelley también puede analizarse en relación con las preocupaciones sobre los avances científicos y tecnológicos, su impacto en la vida humana y los límites bioéticos de la investigación actual. En efecto, la palabra frankensteiniano, cuando se aplica a las prácticas de las ciencia (de la salud, en general) se refiere al riesgo que implican las acciones transgresoras realizadas sin la debida consideración previa. Por otro lado, el mismo término se utiliza además para referirse a una actitud que valora la ciencia pura o la tecnología por encima de la reflexión, práctica muy extendida no sólo en la ciencia sino también en la educación de las ciencias.
Términos como "Frankenciencia" o "Síndrome de Frankenstein" crean marcos culturales para ver las empresas y procedimientos científicos de maneras muy específicas y viscerales que implican acciones premeditadas para alterar la naturaleza. Estos términos usualmente se aplican como advertencias contra "jugar a ser Dios" en prácticas como los transplantes, robótica, inteligencia artificial, ingeniería genética, edición genómica con CRISPR-9, la clonación y los organismos genéticamente modificados.
El debate sobre la creación de vida y la moralidad de "jugar a ser Dios" podría conducir a lecciones sobre la ambición científica y las responsabilidades éticas en los avances científicos. Más allá de las cuestiones técnicas y morales, la ciencia por naturaleza es la exploración de nuevas fronteras, el descubrimiento y puesta a prueba de nuevas ideas y la ruptura de paradigmas, y por lo tanto el público en general (y no solo los estudiantes) deberían aprender sobre la importancia de la revisión constante de la investigación, la supervisión y retroalimentación de colegas expertos y la sociedad. Es importante recordar que en la novela, el trabajo de Frankenstein siempre está oculto de sus colegas y no lo comparte con nadie hasta que el experimento ya está hecho.
Explorando los límites de la ciencia: ¿Por qué Frankenstein importa hoy en día?
La ciencia y la tecnología han traído impresionantes mejoras a la sociedad, que van desde tratamiento médicos que salvan vidas, a radares y satélites que permiten saber con anticipación fenómenos de la naturaleza que de otra manera no podríamos saber. Todos estos logros se los debemos a científicos que imaginaron más allá de las fronteras de sus tiempos y realizaron experimentos para demostrar su eficacia.
Pero, a medida que las fronteras se amplían cada ver más, las consecuencias no deseadas de cómo se aplica la ciencia podría afectar a la humanidad, ni hablar de otras especies en el planeta. Prácticas, por ejemplo, como la bioingeniería hacen que la lectura de Frankenstein importe más que nunca no sólo porque es un campo fascinante y novedoso, sino también por el peligro que conlleva la falta de responsabilidad ética en el área.
Por ejemplo, en el año 2016 se había descubierto que un experimento a campo realizado entre 2013 a 2015 por la compañía británica Oxitec podría haber sido el causante de una epidemia de microcefalia en el noreste de Brasil, debido a la liberación de 450.000 mosquitos macho de Aedes aegypti genéticamente modificados (GM) en la región de Bahía. El experimento, que implicaba la modificación de un gen llamado OX513A para crear descendencia estéril, tenía el propósito de controlar las enfermedades de dengue, zika y fiebre amarilla que azotan la región.
Desde agosto de 2015, una gran cantidad de bebés en esa zona había nacido con cabezas muy pequeñas, condición llamada microcefalia, y otras malformaciones serias. 4.180 casos sospechosos habían sido reportados y los epidemiólogos habían llegado a la conclusión de que existía una correlación convincente entre las deformidades natales con el virus del zika, que en general produce una enfermedad con síntomas leves. Sin embargo se suponía que no debía haber mosquitos transmisores de la enfermedad, ya que supuestamente el experimento había salido bien.
Sin embargo, un documento interno confidencia de la empresa había revelado que la tasa de supervivencia del mosquito GM podía llegar al 15% debido al método que se había usado en los laboratorios, que usaba el popular antibiótico tetraciclina para reprimir la letalidad durante la reproducción. Pero, como efecto secundario, la letalidad también se reducía por la presencia de tetraciclina en el ambiente, del cual Brasil se encuentra entre los mayores usuarios de antimicrobianos del mundo, especialmente en la agronomía.
En el documento confidencial de Oxitec una parte del texto citaba que "después de muchas pruebas y comparación de diseños experimentales, se descubrió que [los investigadores] habían usado comida para gatos para alimentar a las larvas con OX513A y que esta comida para gatos contenía pollo. Se sabe que la tetraciclina se usa habitualmente para prevenir infecciones en los pollos, especialmente en el pollo barato, producido en masa, que se usa como alimento para animales. El pollo se trata térmicamente antes de usarse, pero esto no elimina toda la tetraciclina. Esto significa que se estaba agregando una pequeña cantidad de tetraciclina por la comida de las larvas que reprimía el sistema letal [diseñado].
En otras palabras, existían posibilidades de que los genes modificados de Oxitec persistan en las poblaciones salvajes de mosquitos Aedes argypti, sin embargo, la empresa ocultó esa información ya que los científicos asumieron que iban a ser muy débiles para reproducirse. Esta falta de ética y responsabilidad científica puede verse reflejada en una investigación realizada por investigadores de la Universidad de Yale que advirtió que esta nueva población de mosquitos podría ser más robusta que las poblaciones anteriores, incluso siendo capaces de transmitir también las enfermedades que se intentaban combatir.
Los autores de la investigación concluyeron que "estos resultados demuestran la importancia de contar con un programa de monitoreo genético durante las liberaciones de organismos transgénicos para detectar consecuencias imprevistas". En otras palabras, que los Víctor Frankenstein que hoy en día trabajan en los laboratorios de todo el mundo tengan algún control antes de crear monstruos que salen a la luz del día y generan más problemas a la sociedad.
Estudiar y discutir obras de arte como Frankenstein, e intercambiar ideas y perspectivas con personas cuya experiencia se encuentra fuera del laboratorio, puede ayudarnos a generar conciencia no sólo de los temas que los propios autores querían plasmar en ella sino también de áreas que, a pesar de que no existían en esos tiempos, hoy son importantes analizar y debatir entre todos.
La novela de Mary Shelley, aunque es solo uno de los múltiples ejemplos que puede haber, puede ser una buena herramienta para analizar temas como la investigación científica, la naturaleza de la ciencia y los conflictos bioéticos presentes hoy en día. Más de dos siglos después de su primera publicación, Frankenstein es una obra literaria que está lejos de ser obsoleta y sigue siendo una puerta de entrada para ayudarnos a debatir la sociedad que queremos ser en el presente y el futuro.




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