La Historia de las Cosas, de Annie Leonard

Extracción, Producción, Distribución, Consumo, Desecho. Repetir. Cuando La Historia de las Cosas (The Story of Stuff) se publicó como un documental de poco más de 20 minutos en Internet allá en 2007 pocos sabrían que tanto el cortometraje como el libro que se publicó poco después serían uno de los pilares de la literatura ambiental. 

Decir que la creación de Annie Leonard se trata sobre el ciclo de vida de los bienes y servicios que consumimos es quedarse cortos. Tal vez, por ello es tan complicado clasificar este libro y (mucho más) escribir una reseña que le haga justicia. Trata, en general, de nuestro actual modelo económico, social, cultural y ambiental que está en profunda crisis... y qué podemos hacer al respecto.

En el centro de los problemas, la economía de los materiales

En todas partes me hice una y otra vez la misma pregunta: "¿Por qué?". En todas partes indagué sin pausa, cada vez a mayor profundidad. ¿Por qué los basurales son tan peligrosos? Por las sustancias tóxicas que hay en la basura. Entonces, la primera pregunta es: ¿por qué hay sustancias tóxicas en los productos que llegan a la basura?

 La Historia de las Cosas comienza con una historia personal, el desencadenante de sus cuestionamientos con respecto a la basura que la llevó a viajar por todo el mundo y aprender sobre los sistemas globales de producción y consumo de bienes, algo conocido por los académicos como la economía de los materiales. En este modelo económico el sistema opera de manera lineal bajo una cadena infinita de extracción, producción, distribución, consumo y desecho, y su principal objetivo es que los ciudadanos consuman eternamente para que la economía (ya sea de un país, ya sea de todos los países) crezca. 

Diagrama de la economía de los materiales | Ilustración: La Historia de las Cosas

Actualmente la economía de los materiales desempeña un papel muy importante en los nuevos modelos de crecimiento económico en donde también se prioriza la salud del planeta. Partiendo de la base de que los recursos planetarios son limitados, el libro pone énfasis en la importancia de valorar y optimizar el ciclo de vida de los materiales, desde su extracción hasta su disposición final, y así, nuestras cosas puedan tener un mínimo impacto social, sanitario y ambiental. 

Quiero que valoremos más nuestras COSAS, que las cuidemos, que les brindemos el debido respeto. Quiero que reconozcamos en cada cosa comprada la mano de obra y los innumerables recursos que le dieron origen. (...) Necesitamos comprender el verdadero valor de nuestras COSAS, mucho más allá del precio de venta y mucho más allá del estatus social que confiere su posesión. Las COSAS deberían durar mucho tiempo, hacerse con orgullo de artesano y recibir cuidados acordes.

La importancia de la interseccionalidad en el ambiente

Mientras Annie Leonard trabajaba para Greenpeace International se le presentó la ocasión de viajar a múltiples países del mundo para rastrear el destino y el impacto que generaban los desechos estadounidenses en los países a los que eran llevados o vertidos. Esa oportunidad le permitió conocer a muchos otros activistas y expertos en la materia que, según ella, trabajaban en una "mezcolanza mayúscula de asuntos", como el agua, los bosques, o incluso los problemas de género o el comercio internacional.

Al principio, di por sentado que mis colegas de otros países se veían obligados a abarcar una gran cantidad de asuntos porque el personal era escaso; me compadecía de ellos porque tenían que hacer tareas múltiples mientras yo me daba el lujo de dedicar toda mi atención a un solo problema. Luego de un tiempo, tuve una revelación: todos esos temas estaban interrelacionados. Mientras desenmarañaba los hilos que llevaban de un tema a otro, comprendí que la cuestión de la basura- o cualquier otro problema particular, para el caso- no puede resolverse en aislamiento. La dedicación exclusiva a un asunto particular no me daba buenos resultados; por el contrario, retardaba mi capacidad de entender el contexto del problema, de ver el cuadro general. Lejos de distraerme de mi progreso, aprender sobre otras cuestiones me permitiría hacer grandes avances. 

En La Historia de las Cosas, la autora plantea múltiples veces que los problemas ambientales no son solamente algo que afecta a una especie en particular o un ecosistema, sino que además afecta a otros sectores, planteándose la importancia de un ambientalismo interseccional que ayude a resolverlos. 

El ambientalismo interseccional es un término que se le adjudica a la activista y autora Leah Thomas, que utilizó la definición de interseccionalidad (un enfoque que subraya que las identidades sociales como por ejemplo la atnia o el género están solapadas en sus respectivos sistemas de opresión, interactuando y creando múltiples niveles de injusticia social o discriminación) para aplicarlo en el estudio de los conflictos ambientales ya que, de acuerdo a un reporte lanzado en 2021 por la agencia de protección ambiental estadounidense (EPA, por sus siglas en inglés) las comunidades marginalizadas sufren desproporcionadamente más los efectos ambientales relacionados con los desastres naturales y estadísticamente son más propensos a vivir en comunidades expuestas a basura tóxica, rellenos sanitarios, carreteras y otros riesgos ambientales. 

Necesitamos exigir leyes estrictas que rijan la salud ambiental beneficiando a todos y la eliminación de la distinta vara legislativa que otorga preferencia a las comunidades más blancas o más ricas. Y cuando hablo de beneficiar a todos, no me refiero sólo a los estadounidenses. Una de las peores consecuencias de la globalización es la tendencia de las naciones ricas (y con predominio de habitantes blancos) a exportar las instalaciones y las fábricas más sucias y venenosas a países con leyes más débiles en lo concerniente a la salud, el medio ambiente y la protección de los trabajadores; con menor capacidad de monitorear y hacer cumplir las pautas existentes, y- por sobre todas las cosas- con menor acceso del público a la información y la toma de decisiones. Las industrias peligrosas siguen el rumbo de la menor resistencia; van a lugares donde se percibe que existe una carencia de recursos políticos, económicos, educativos o de otro tipo para oponerles resistencia. (...) Nos complacen los productos, pero no queremos la mugre. Eso es lo que está ocurriendo. Y es inadmisible.

 El ambientalismo interseccional, aunque muchas veces se ve como algo complicado y desordenado, puede no sólo ayudar a exponer las injusticias que experimentan estas comunidades marginadas, sino también a entender y crear acciones para mejorar los problemas que enfrentan todas las personas y la naturaleza, poniendo en el centro a los más vulnerables, que han sido durante mucho tiempo marginalizados y oprimidos por todos los sistemas de poder que han causado mucho daño en el planeta y en la sociedad.

El planeta necesita ciudadanos comprometidos

Ciudadanos comprometidos son una señal de una democracia sana. Altos niveles de participación política y cívica aumentan la probabilidad de que las voces de los ciudadanos sean escuchadas en debates importantes y confieren cierto grado de legitimidad a las instituciones democráticas. Sin embargo, en muchas naciones del mundo, gran parte del público está desconectado de la política. 

El Instituto de Estudios Interuniversitarios testea anualmente el saber cívico de los estadounidenses. Su informe de 2008 reveló dos fenómenos significativos: menos de la mitad de los habitantes de Estados Unidos puede nombrar los tres poderes del gobierno- un conocimiento bastante básico para entender nuestro sistema político-, y nuestra alfabetización cívica disminuye cuanta más TV miramos (¡incluso si miramos noticieros!)

Annie Leonard explica que las personas, hoy en día, estamos más acostumbrados a utilizar nuestro "músculo consumista" que nuestro "músculo cívico", o sea, que sabemos más de nuestros derechos a la hora de comprar un bien a un servicio que nuestros derechos como ciudadanos. Esto es particularmente preocupante no sólo porque nos deja afuera de las tomas de decisiones que van a afectar nuestro día a día, sino porque también deja espacio para que las empresas influyan en las políticas.

Para confundir aún más el escenario, la implementación de las regulaciones federales establecidas por muchos de estos organismos suele correr por cuenta de los estados. En consecuencia, el acatamiento y la exigencia de cumplimiento varían de estado a estado según las prioridades y los poderosos intereses que prevalecen en cada uno. "Los estados que se hallan bajo el dominio de industrias específicas (química, minería, determinadas manufacturas) tienden a ser más tolerantes con el incumplimiento de esos sectores que otros estados donde la combinación de industrias es más heterogénea", escribe el profesor Ken Geiser, de la Universidad de Massachusetts Lowell. Y como la fuerza de la ley depende de su acatamiento y su exigencia de cumplimiento, la eficacia de estas regulaciones varía considerablemente en distintos lugares.

 Por lo tanto, lo mejor que se puede hacer para evitar la degradación del ambiente es ser ciudadanos comprometidos y activos en las políticas de nuestras comunidades. Porque, si bien es importante las acciones que podamos hacer desde nuestro lugar para proteger el planeta, más importante es que todos tengamos voz y voto en las decisiones de impacto que generarán grandes cambios  (y de manera sostenida) en el tiempo.

Ser un individuo poderoso y libre no equivale a poder elegir entre infinitas cantidades de sabores y estilos de café, sino a estar en condiciones de exigir un sistema económico que respete, en lugar de explotar, a los trabajadores y el medio ambiente. Así lo expresa Barber en su libro sobre los efectos del consumo: "Se nos incita a pensar que el derecho a elegir entre las alternativas que ofrece un menú es la esencia de la libertad, pero si se tienen en cuenta las consecuencias reales, el poder real- y por ende la libertad real- consiste en determinar qué habrá en el menú. Los poderosos son los que imponen la agenda, no quienes eligen entre las alternativas que ésta ofrece". Y los lugares donde ponemos en acto nuestras libertades reales para determinar qué habrá en el menú e imponer la agenda no son los pasillos de los supermercados o los mostradores de las cafeterías, sino nuestros municipios y asambleas comunitarias, los cargos de los funcionarios electos, las páginas de opinión de los diarios, y a veces simplemente las calles. 

Estas son simplemente algunas de las múltiples razonas por la que La Historia de las Cosas es un libro reconocido dentro de la literatura ambiental: además de presentar ejemplos fáciles de comprender y un lenguaje ameno para su lectura, es una excelente introducción para aquellos interesados en las problemáticas ambientales. Es, además de una buena fuente de términos y conceptos, una excelente guía para comprender la interrelación de los daños ambientales que todavía se pueden ver en el planeta y un buen lugar para encontrar ideas sobre qué hacer al respecto.

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