Operación Monumento, de Robert M. Edsel
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| Edith A. Standen, James Rorimer (centro) y otros hombres y mujeres pertenecían a la MFAA. Fotos: Margaret Farmer Planton. National Archives and Records Administration, USA. |
Mientras las tropas alemanas ocupaban países de Europa y llevaban a cabo el Holocausto, un ejército especial se encargaba de buscar y acumular sistemáticamente los mayores tesoros artísticos de Europa: Hitler había empezado a catalogar el arte, desde el que quería coleccionar para sí como las obras que quería destruir por considerarlas "degeneradas".
Era una época en la que el mundo estaba en guerra, en crisis, un mundo paralizado por completo por las bombas y la pérdida, en la cual los ciudadanos luchaban día a día por sobrevivir. No eran tiempos para pensar en el arte y mucho menos preguntarse qué pasaba con la preservación del mismo. Sin embargo, del otro lado del Océano Atlántico, estas preguntas se estaban formulando nada más ni nada menos por un grupo selecto de hombres y mujeres preocupados por el destino del patrimonio cultural de la humanidad.
En junio de 1943 se había conformado la "Comisión Estadounidense para la Protección y Salvamento de Monumentos Artísticos e Históricos en Zonas de Guerra", conocida de manera abreviada como la Comisión Roberts. Gracias a ella se creó la sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos (MFAA, por sus siglas en inglés), compuesta por aproximadamente 345 hombres y mujeres en representación de 14 naciones que tenían el objetivo de trabajar con las tropas aliadas para evitar la destrucción de objetivos culturales, evaluar áreas muy dañadas y crear e implementar procedimientos para la protección de importantes monumentos históricos.
La víctima invisible e irreparable de la guerra
La reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial fue uno de los proyectos más complejos de la historia contemporánea de la sociedad occidental. Había que reconstruir la identidad y la casi totalidad de las infraestructuras de los países europeos, además de devolver cada uno de los bienes culturales robados por los nazis. En total se habían descubierto más de mil depósitos sólo en el sur de Alemania donde se guardaban millones de obras de arte y otros tesoros culturales (como objetos religiosos, archivos municipales, manuscritos y libros, joyas e incluso colecciones de insectos). La MFAA fue la encargada de la labor de embalaje, transporte, catalogación, fotografía, archivo y devolución del expolio nazi a sus países de origen.
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| La Victoria de Samotracia siendo movida del Museo Louvre para protegerla de los saqueadores nazis. Foto: Lynn H. Nichols. |
Sin embargo, esta vasta cantidad de objetos fueron los que se pudieron recuperar, los que se pudieron encontrar de las cientos de miles de obras de arte, documentos y libros que siguen sin aparecer. Uno de los casos más conocidos es tal vez el del Retrato de un joven de Rafael, robado de la colección Czartoryski y desaparecido hasta el día de hoy. Y hay otras decenas de miles de obras que fueron destruidas, entre ellas, la colección personal del que era el jefe de la SS (Heinrich Himmler) y los paneles de ámbar de Pedro el Grande, que se cree que fueron destruidos por la artillería durante los combates de Königsberg. También están las miles de pinturas y demás obras de arte que nunca han sido reclamadas, ya porque no se pudo determinar su procedencia o porque trágicamente sus dueños fueron víctimas de la cruzada militar y racial de Hitler. Si hay algo que lamentar es que algunos museos que se encargaron de conservar algunas de esas obras de arte de manera transitoria no mostraron interés en localizar a los legítimos propietarios o herederos o, peor aún, hayan sido cómplices del saqueo nazi, demostrando que después de tantos años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, seguimos viviendo en un mundo alterado por su legado.
Es admirable la labor de los hombres y mujeres de la MFAA que, arriesgando sus vidas, pudieron rescatar el preciado legado cultural de Europa de su desaparición absoluta y, a la vez, es triste pensar que sólo fue algo de una situación particular y no un inicio de un movimiento para conservar el arte de todas las zonas en el mundo afectadas por la guerra.
Hoy en día en países como Ucrania se están sacando de los museos y escondiendo en lugares seguros las obras de arte y otros objetos de valor cultural para protegerlos de su destrucción, daño o saqueo por parte de las tropas rusas. En Palestina es incalculable el daño causado por los bombardeos de las tropas israelíes, del cual se estima que sólo en Gaza más de la mitad de los edificios de la región fueron dañados o destruidos. Allí se cuentan cientos de sitios de patrimonio cultural, archivos, museos, mezquitas, iglesias, bibliotecas e incluso cementerios. El patrimonio cultural de Palestina, Ucrania y tantos otros lugares del mundo que se encuentran hoy en día en conflicto armado (y sin embargo no aparecen en los titulares de las noticias) es de suma importancia protegerlos tal como se hizo durante la Segunda Guerra Mundial, porque representan la historia de un pueblo, sus conocimientos, su belleza. La pérdida de todo ese trabajo colectivo de generaciones es irremplazable, irrecuperable.
Citando a uno de los oficiales de Monumentos llamado Ronald Balfour: No se puede destruir sin necesidad aquello a lo que los hombres y mujeres han dedicado tanto tiempo, cuidado y destreza, ya que este arte es una demostración de nuestro pasado, de nuestra historia en la Humanidad. Si estas piezas se pierden, rompen o incluso destruyen perderíamos una parte sustancial del conocimiento que tenemos de nuestro antepasados. No existen épocas aisladas. Todas las civilizaciones fueron formadas no sólo por sus propios logros, sino también de la herencia de su pasado. Si estos vestigios se eliminan perderíamos una parte importante de nuestra historia, y ello, nos haría más pobres.






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